Una vez más
- María Osorio Gómez
- 6 mar
- 2 min de lectura

Llevo semanas escuchando las mismas canciones, no son aquellas que me sugieren un mundo lleno de luz y color. Claro que no. Son lamentos y dolores hechos melodías. En lugar de ser el ruido de fondo que me permite concentrarme para leer o escribir con claridad, son la banda sinfónica de mis pensamientos, le marcan el ritmo a las lágrimas que se escapan eventualmente y se enredan en mi pecho creando un nudo que me impide respirar.
Hace años que intento conocerme, fui sintiendo cada uno de los pasos o mejor de las goteras que me hundían en este estado. Lance lazos, gritos, lamentos, luche -lucho-, pero aquí me encuentro. A pesar de aumentar la dosis del medicamento, de comer sano, de usar la elíptica al menos tres veces por semana, de solo tomar un tinto al día, de no tomar alcohol, de dormir ocho horas, de hablar con la familia y las amigas, aquí estoy. Hundida.
Miro la pantalla con un artículo de 10 páginas abierto hace más de una hora, cuántas páginas he leído... dos... qué dice el artículo, no lo sé. Paro la música, necesito silencio para concentrarme. Sigo leyendo, pero no sé qué dice el texto. Me levanto, tomo agua, salgo al balcón, respiro. Llamo a mamá, hablo con ella, me rio. Regreso a la pantalla, reinicio la lectura.
No tengo música, pero algo escurre por mi mejilla. Claro que no estoy leyendo. No puedo obligarme. Entonces, qué haré. Cómo saldré de este lugar. Siento la cabeza pesada, no es un dolor, es un atoramiento. Miro el reloj, respiro, me lavo la cara. Escribo esto, y espero poder seguir leyendo, así sea lento.


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