MI IMPRESIÓN AL LEER LA CARROZA DE BOLIVAR DE EVELIO ROSERO
- María Osorio Gómez
- 18 dic 2024
- 9 Min. de lectura
Antes de empezar quiero hacer algunas precisiones, la pretensión de este texto no es hacer una reseña de la obra, ni espere una crítica literaria, sino los sentires de una lectora a veces voraz a veces descuidada, que suele tener la necesidad de escribir sobre lo que siente.
Para empezar usaré una referencia de Los Simpson para explicar cómo me sentí.
Y no es que este pensando en dejar de leer, por supuesto que no. Lo que sucedió es que esperaba más. Es decir, no vi completamente la Carroza de Bolívar en el Festival de Negros y Blancos en Pasto. El narrador nunca la describe de manera completa, solo me da fragmentos de ella, partes que me obligan a armarla como un todo, pero que siempre queda con vacíos.
(…) Quiero dar que hablar con la carroza, ojalá mucho más que la minifalda de ñapanga de mi esposa, quiero mostrar nuestra memoria a retazos, en una carroza de carnaval.
Y describió como pudo, sacando fuerzas de donde no las tenía, el carromato en que iba el mal llamado Libertador, la corona de emperador en la cabeza, las doce niñas como ninfas encorvadas, y alrededor los relieves del Cangrejito, Bolívar huye como si lo pisara el diablo, las esculturas, los modelados, las mascarillas, la historia del sur a pedazos. (Rosero, 2012, p. 120)
Esta es la descripción que hace el protagonista, el doctor Justo Pastor, a sus amigos o mejor, a sus conocidos con el poder de protegerlo. Sin embargo, la descripción no es suficiente, cuáles serán los relieves del Cangrejito, cuál es la historia que quiere mostrar, aún no me era posible descifrarlo. Un pedazo de mi cerebro se había quedado pensando por qué era importante la minifalda de ñapanga de Primavera, esposa de Justo Pastor. Seguí con la lectura esperando, siempre esperando.
Bolívar fue un hombre, pero la historia lo ha convertido en un ser mitológico, nuestro afán de perfección histórica nos ha llevado a ocultar como retazos las acciones macabras, los gustos extravagantes y los pensamientos egoístas que invisibilizan el sufrimiento de diversas comunidades, como ejemplo claro tenemos la Navidad Negra de Pasto, orquestada por Bolívar y su ejército.
Después de esa navidad negra 400 cadáveres de civiles de todas las edades amanecieron en las calles de Pasto, sin contar los milicianos muertos en combate, y la barbarie continuaría por tres días más, con la aquiescencia del general Sucre, que «cumplía órdenes». (p. 217)
Entonces, la novela estaba cumpliendo con mis expectativas. Me estaba dando elementos suficientes, incluso que podía confirmar por otras fuentes, como el Historiador Sañudo, de que eran realidad.
—Bolívar había llegado a Pasto nueve días después de efectuada su Navidad de la Muerte, el 2 de enero de 1823, y empezó de inmediato: dio un decreto de confiscación de bienes, impuso una contribución de 30.000 pesos y 3.000 reses y 2.500 caballos «que la saqueada Pasto no podía pagar». Las propiedades de los pastusos se mandaron repartir entre los militares de la república. Además, ignorando la misma constitución, que abolía el tributo de los indios, dispuso que los indios de Pasto lo pagasen (con los impuestos atrasados) como pagaban al rey español. ¿Cómo no iba a continuar la rebelión, empezando por los indios? ¿Qué clase de Libertador era ése, que sólo daba instrucciones para la ruina? (p. 227 - 228).
Ese hombre, que también había idealizado, que libros como El general en su Laberinto de Gabriel García Márquez me había llevado a humanizar, pero a la vez ha compadecer como un mártir. Empezaba por fin a caer por el propio peso de su humanidad, es decir sus acciones y decisiones.
Aunque la novela me iba presentando comentarios machistas, misóginos y patriarcales, intentaba no ponerle mucha atención, la parte de mi cerebro que se quedaba atascada en enunciados como: "Es como si la alumna del pupitre más lejano, sí, usted, decidiera cambiar a un pobre novio temperamental que de vez en cuando la desespera, cambiarlo no por uno sino por dos novios brutales, dos eternos partidos que no se cansan de despojarla, la abofetean, la torturan, la sangran, la prostituyen, la venden en los mercados, la escupen, Colombia tuvo muy mala suerte en todo este clímax de la independencia, señores." (p. 171 - 172). Una parte de mí decía, no te obsesiones con ello, hace parte del mundo narrativo de la novela.
Sin embargo, llegué al punto más álgido de la novela, al menos para mí. El que me hizo pensar si de verdad quería terminarla, cuál era la importancia narrativa de escribir ese episodio, era relevante para la historia de la Carroza. Se lo leí a mi hermana y a mi esposo, tal vez para salir del espanto, del asco o para entender la necesidad de incluirlo en la novela. Lo transcribo aquí tal cual, para que usted lector sepa de qué hablo.
Él se revolvió, poseído; quitó de en medio dos de las sillas, volcándolas de un manotazo, y avanzó a ella en dos trancos y la atenazó por las caderas, él detrás, empujándola de frente contra el borde de la mesa. El jarrón se volcó; el agua se regó con un chasquido entre las rosas palpitantes.
—Cuál padre de cuál patria —gritó—, padre de tu general Aipe, mejor —y se estrechó todavía más contra ella y, mientras con uno de sus brazos la amarraba por la cintura, con el otro le subió la falda de un tirón: resplandeció blanquísimo el trasero desnudo—: ¿entonces nadie nunca te ha mordido en los muslos? —le preguntó como si se ahogara. Él mismo se desconocía.
—¡Puto! —gritó ella—, ¡corre con tus embarazadas!
—Puto el padre de la patria —repuso él.
Y como la falda de Primavera que forcejeaba había vuelto a caer como un telón se la trizó por las costuras; Primavera gritó herida, iba a desmayarse de la rabia, respiraba enronquecida, se zarandeaba furiosa entre el brazo que la aprisionaba, pero también él la estrechaba furioso y no la soltaba, furioso con él, sobre todo, porque la deseaba. La deseaba con todas sus fuerzas, la deseaba contra su voluntad, la deseaba y no le era posible matar el deseo: se bajó el cierre del pantalón. Hubo un momento de suspensión donde ambos parecieron producir un solo cuerpo: la rabia de Primavera se desbordó al entender que se proponía enterrarla por donde ninguno de sus dieciséis amantes de su vida —los tenía contados— se había atrevido a enterrarla jamás. Se defendió como nunca: dobló la cabeza, hincando sus dientes en el velludo brazo que la ceñía. Como respuesta, el doctor arqueó su cuerpo, parecía una larva ciclópea agazapada, tomó al vuelo el ramo de rosas mojadas, lo asió por el tallo y fustigó, por una sola vez, el rosado trasero de Primavera, estrelló en su plenitud las rosas y espinas, las rosas se despetalaron alrededor, ella sintió la herida múltiple de las espinas como pequeños mordiscos y el roce mojado de los pétalos en su piel: si él, enseguida de ese raro latigazo vegetal, la hubiese besado, cualquier caricia, un ruego de amor —pensó Primavera, alcanzó a pensar—, ella se hubiese derrotado con todas las ganas, pero en ese momento él la doblaba bocabajo contra la mesa, su frondosa cabellera esparcida, la nuca ofreciéndose, allí la mordió, la estrujó, separó sus nalgas y se abalanzó a la mitad de su centro mientras en vano Primavera se revolvía, en vano lo maldecía sin dejar eso sí de registrar los pormenores, las extrañas sensaciones de una ambivalencia que todavía le era imposible de discernir, entonces gritó: «¡Cochino! ¡Nos miran! ¡Tus hijas!», y volteaba la cabeza en dirección a la puerta, y él se desprendió y miró a la puerta y ya no pudo evitar que ella girara escurridiza y brincara y corriera lanzando una risotada de odio y de burla —pues no había nadie en la puerta. Nadie. Únicamente la extraordinaria risotada de Primavera que huía, libre de él.
Se dejó caer extenuado en la silla, solo de nuevo, y más solo porque veía asomar por entre el cierre del pantalón su sexo tembloroso y mojado, más solo que él, pensó, esta noche dormiremos solos, y, en medio de todo, y a pesar de todo, el doctor Justo Pastor Proceso López se reía, se reía, rodeado de juguetes por todas partes. (p. 252 - 254)
Después de terminar el libro, y regresar a este pasaje para escribir esto, sigo preguntándome, qué necesidad de escribirlo, de detallarlo, de insinuar que en medio de un ataque violento se puede sentir deseo, ganas de cariño, para poder entregarse sin remordimiento. Por un momento pensé que se nos contaba esto, tan exactamente, porque Primavera se vengaría, recordaría este momento y entonces lo humillaría, tal vez con su Carroza, tal vez recordándole que él también tenía un poco de Bolívar, es decir, de sanguinario y pusilánime. Pero, no. Al contrario, la figura de Bolívar se fue diluyendo en el relato, al punto de volver a aparecer sólo como el disfraz de un General que se glorifica en su imagen y en la certeza de que la Carroza no desfilaría y por lo tanto, nadie recordaría la Navidad Negra, ni la pedofilia de Bolívar o la brutalidad de sus acciones.
Mirándolo así, como si dudara en un trance de rabia, ella pensó que podía otra vez sujetarla del brazo, abrir la puerta de la casa, echarla y cerrar. Era capaz. De pronto pensó que podía matarla, de eso sobre todo era capaz, pensó, creyó descubrir que en realidad quería matarla, y lo temible de todo era que ella, en ese momento, arrepentida de todo lo que ella misma había forjado, hubiera querido que la matara, no le importaba, o que al menos la arrojara a la calle, a empellones, para entonces gritar a carcajadas mátame si quieres, pero de pronto pensó que hubiese querido mejor que la violara, era mejor, por sobre todas las cosas, que primero la violara luego la matara, pero él no haría nada parecido, ¿tú cuándo serías capaz de matarme, doctor Jumento?, se preguntó con lástima —lástima de él, que no la mataba, y lástima de ella deseándolo (p. 322)
De nuevo, Primavera me sorprende, la violencia era su culpa, y ahora imploraba soterradamente que la matara. Este tipo de detalle sólo lo he encontrado cuando son hombres los que intentan develar a través de una narración el pensamiento de las mujeres. Supongo que también existirán mujeres con ese pensamiento, pero aún no llegan sus libros a mis manos. Entre más avanzaba en la lectura más despreciaba a Justo Pastor y ni enterada de Bolívar.
A medida que la historia de Justo Pastor se desarrolla, tanto con su esposa Primavera como con la Carroza, se nos cuenta sobre un grupo de hombres que se identifican con ideas de izquierda, o como lo delimita el autor "marxista-leninista-maoísta"; aunque le faltó poner machista y aburguesado. Se han enterado de la existencia de la Carroza, o al menos de su construcción, y han decidido asesinar a Justo Pastor, declarándolo enemigo de la patria. La verdad la impresión que me dejó este grupo de hombres merecería otro texto, sólo para ellos. Pero, bueno... seguiré diciendo que uno de ellos le avisa a Justo Pastor que lo quieren matar.
Mientras Justo Pastor tiene la certeza de su muerte, decide emborracharse, follar a las buenas, como es el caso de la viuda Chila Chávez, por la malas, (aunque se busque narrativamente hacer sentir que es por la buenas) con Alcira Sarasti, esposa de Furibundo Pita o en publico, de nuevo con Primavera, en una escena que me hace dudar.
(…) la encontró de espaldas, la rodilla en tierra, sin vencer aún la risa sorda que la encogía. Y la atrapó por los hombros, no supo si de gozo o exasperación, sin explicarse aún qué iba a hacer, qué le iba a hacer, ¿matarla al fin?, se gritó, ¿estrangularla?, ¿besarla hasta el mordisco?, ¿morderla hasta la sangre?, ¿reír con ella?, ¿reír todavía más, enloquecidos, sin final? El pelo revuelto de Primavera, su nuca, el como perfume del sudor del aguardiente en el aire repleto de yerbabuena lo trastornó, el hombre que querías hacer feliz está bien muerto, le dijo al oído, ella volvió la cabeza, la boca abierta de risa, la boca mojada de lluvia, y él la besó al fin.
—Entonces, Primavera, ¿era esto lo que queríamos?
Ella se asfixiaba de reír; puso la otra rodilla en tierra y quedó a gatas en el jardín tumultuoso de flores; iba a incorporarse pero él se lo impidió; sin ningún esfuerzo deslizó el pantalón de Primavera hasta las corvas:
—Y que el mundo vea tu culo maravilloso, ¿no? —Y allí le dio un sonoro manotazo.
—Qué —se revolvió Primavera.
—Grita más duro para que el mundo oiga —gritó él.
—Qué haces —gritó ella.
La lluvia se acrecentó.
¿Entonces éste era mi destino?, le dijo el doctor al oído, ¿tener que subvertir el orden con mi mujer? Ella dijo sí, y lo dijo después de un silencio de lluvia que los desquició, arqueándose debajo de él, que la encontró: de la pura ansia cayeron de costado, él no se desprendía, y fue cuando los ojos de Primavera miraron arriba, a la ventana de luz de cirios, sus ojos miraron sin mirar, transidos, pero miraron por fin caras de niños que los miraban detrás de un silencio aterrado. Se sobrecogió, pero en mitad de su cataclismo ya eso no le importó, no hizo nada, no podía. Que la vieran los niños —se resignó feliz, y dijo todavía, sin saber qué decía: «Podríamos empezar la vida, otra vez».
Y a continuación, niños los ven y mujeres en medio del aguacero que los persiguen y les gritan. Todo parece tan dantesco, tan irreal y grotesco, que sólo podría ocurrir por el alto grado de aguardiente que han consumido o la misoginia de un narrador.
Para concluir, Justo Pastor termina muriendo, la Carroza no desfila y Bolívar no es expuesto para ser repudiado y la sensación que me queda es... la de Homero Simpson, leí el libro por algo, pero ese algo no se cumplió y entonces llego la decepción y, debo decirlo, el asco.
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