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LA POLÍTICA PÚBLICA Y SU RELACIÓN CON LO POLÍTICO

  • Foto del escritor: María Osorio Gómez
    María Osorio Gómez
  • hace 7 horas
  • 4 min de lectura

Una de las ideas más comunes es que las políticas públicas son textos extensos de carácter técnico-administrativo, separados de la vida pública y, por lo tanto, ajenos al interés de la ciudadanía. Sin embargo, esta es solo una visión reduccionista del lugar que ocupan las políticas públicas en la vida política. Lejos de ser instrumentos neutrales, las políticas públicas expresan decisiones sobre qué problemas son reconocidos, qué vidas importan y qué condiciones de vida deben ser garantizadas. En este sentido, el texto explicará cómo lo político y lo público se articulan en la construcción de las políticas públicas, a partir del diálogo entre Hannah Arendt (2023), Amartya Sen (2009) y Martha Nussbaum (2012). 



Durante la lectura de La promesa de la política, Arendt plantea una pregunta que se repite varias veces, y atraviesa toda su reflexión: “¿tiene, pues, la política todavía algún sentido?” (2023, p. 145). A partir de esta inquietud, la autora realiza un recorrido que sitúa la política no como mera forma de gobierno, sino como espacio situado donde los sujetos hablan, actúan  y son reconocidos por otros. En la polis griega —referente central del análisis—, ser ciudadano implicaba la capacidad de habitar el espacio público, de aparecer ante el otro como un interlocutor válido y, por lo tanto, de tener la posibilidad de usar la voz. Así, lo político se configura como una construcción colectiva de sentido basada en la pluralidad: sin la presencia del otro que me reconoce como igual, la libertad no puede existir. 


A diferencia de toda forma de explotación capitalista, que persigue primeramente fines económicos y sirve al enriquecimiento, los Antiguos explotaban a los esclavos para liberar completamente a los señores de la labor [Arbeit], de manera que éstos pudiera entregarse a la libertad de lo político (p. 152) 

No obstante, la propia referencia de Arendt a la polis permite evidenciar que son los hombres libres, libres de la obligación de trabajar para vivir, los que tienen la capacidad de definir, a través de la deliberación pública, qué problemas importan y qué vidas cuentan. Esto quiere decir que la posibilidad de aparecer en lo público no ha sido históricamente universal, sino condicionada por relaciones de poder. En otras palabras, lo que queda fuera del espacio público queda también fuera de la acción política. 


Si al igual que en la antigua Grecia, no todas las personas poseen la libertad real de participar en política, surge la pregunta ¿qué ocurre con quienes no cuentan con las condiciones materiales para participar en ese espacio de aparición? Esta es  precisamente la pregunta donde el enfoque de Amartya Sen resulta fundamental. Para este autor, “la justicia no consiste tan sólo en tratar de conseguir, o soñar con conseguir, una sociedad o unos esquemas sociales perfectamente justos, sino también en evitar la injusticia manifiesta” (Sen, 2009, p. 53). Desde esta perspectiva, el desarrollo humano no se mide por crecimiento económico, sino por la expansión de las libertades reales de las personas. Es aquí donde la política pública no se puede entender como un diseño normativo, sino que debe evaluarse por su capacidad de transformar las condiciones de vida y ampliar las capacidades efectivas de los sujetos. 


En este sentido, la política pública aparece como un mecanismo central de la configuración de la justicia, ya que distribuye oportunidades, recursos y, en última instancia, posibilidades de vida. Lejos de ser neutral, toda política pública refleja decisiones políticas sobre qué desigualdades se consideran prioritarias y qué poblaciones serán atendidas. Sin embargo, para que estas decisiones respondan a las necesidades reales de la sociedad, es indispensable la deliberación pública. Para Sen, la democracia no se reduce al acto electoral, sino que implica un proceso continuo de discusión colectiva que permite identificar y confrontar las injusticias existentes.  


Martha Nussbaum profundiza esta perspectiva a través del enfoque de las capacidades, el cual define “como una aproximación particular a la evaluación de la calidad de vida y a la teorización sobre la justicia social básica” (2012, p. 38). Su pregunta central —”¿qué es capaz de hacer y de ser esta persona?” (p. 40)— desplaza el análisis desde la posesión de recursos hacia las posibilidades reales de vida. En consecuencia, no basta con reconocer derechos formales si no existen condiciones materiales para ejercerlos. Por ello Nussbaum propone una lista de capacidades centrales —vida, salud física, integridad física, sentidos, imaginación y pensamientos, emociones, razón práctica, afiliación, otras especies, juego, y el control sobre el propio entorno— que deben ser garantizadas por el Estado como umbral mínimo de dignidad. 


Esto implica reconocer que el Estado no es un actor neutral, sino que es responsable de corregir las desigualdades estructurales. Decidir qué capacidades garantizar es, por tanto, una decisión profundamente política, pues refleja valores, prioridades y relaciones de poder. Un ejemplo claro de ello es el acceso a la educación pública: aunque formalmente se reconoce como un derecho universal, las desigualdades socioeconómicas limitan las capacidades reales de muchas personas para acceder o mantenerse en ella, lo que evidencia la necesidad de políticas públicas que no solo aseguren el acceso, sino también las condiciones objetivas y materiales para su aprovechamiento. 


A partir de lo anterior, es posible afirmar que la relación entre la vida política y la política pública es de carácter bidireccional. Por un lado, la vida política define qué problemas se reconocen como públicos, qué sujetos visibles y qué demandas se consideran legítimas. Por otro lado, la política pública configura las condiciones que permiten —o impiden— la participación en ese mismo espacio político, determinando quién tiene voz y quién puede ejercer efectivamente su ciudadanía. En ese sentido, la política no solo responde a la vida política, sino que también la produce y la limita.  


En conclusión, comprender la política pública como un ámbito meramente técnico implica desconocer su papel central en la organización de la vida social. A la luz de Arendt, Sen y Nussbaum, es posible afirmar que la política pública constituye la materialización de la vida política, en tanto traduce disputas, deliberaciones y relaciones de poder en condiciones concretas de existencia. Reconocer esta dimensión permite no solo analizar las políticas públicas de manera crítica, sino también cuestionar qué vidas están siendo efectivamente sostenidas por el Estado y cuáles continúan siendo excluidas del horizonte de la justicia. 




REFERENCIAS

Arendt, H. (2023). La promesa de la política (E. Cañas, Trans.). Austral.

Nussbaum, M. C. (2012). Crear capacidades: Propuesta para el desarrollo humano (A. Santos Mosquera, Trans.). Ediciones Paidós.

Sen, A. K. (2009). La idea de la justicia (H. Valencia Villa & V. I. Weinstabl, Trans.). Taurus.


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